domingo, 19 de noviembre de 2006

JEREZ. La generosidad de los pobres

Por Ercofrade a las 12:00 | Iglesia
En estos días hemos podido comprobar cómo todas las diócesis españolas, con motivo del Día de la Iglesia Diocesana el domingo 19 de noviembre, han dado abundante información sobre la financiación de cada una de nuestras Iglesias locales. Esta gran Familia tiene que profundizar en la toma de conciencia de que no se puede ser católico fuera de la Iglesia Diocesana y que esa pertenencia conlleva el deber de justicia de ayudarla en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de evangelización y de caridad, así como el conveniente sustento de los ministros.

Pero, como en toda familia, hay unos miembros que son más generosos que otros, unos hacen más ruido y otros pasan desapercibidos, unos se apuntan a los honores y otros son pocos reconocidos. Por eso mismo, el comentario de esta semana quiere ser un homenaje de gratitud a todas aquellas personas sencillas que están en nuestros templos y parroquias y que, al igual que la viuda del evangelio (cf. Mc 12, 38-34), dan «todo lo que tienen». No lo dudemos, si la Iglesia Católica está contribuyendo socialmente al bien de la sociedad española -como demuestran los datos facilitados en esta jornada- no es precisamente porque el Estado sea muy dadivoso con la Iglesia, ni porque los potentados de este mundo dejen muchas fortunas a nuestras parroquias o diócesis, sino porque, como ha sucedido a lo largo de la historia del cristianismo, son los humildes los que a la hora de la verdad mantienen las precarias economías de nuestras parroquias y diócesis con sus templos y obras apostólicas.

Ellos, con su fina sensibilidad, sí que saben valorar lo que hace el cura de su pueblo o de su barrio, el bien que realizan las «hermanitas» de tal o cual congregación, el heroísmo de los misioneros, la belleza de la fe de los contemplativos. Y eso gracias a que sus corazones no están endurecidos por las riquezas, ni son esclavos de las ideologías materialistas. Es más, ellos desde su liberalidad y amor a Dios, siempre «buen pagador», sienten a la Iglesia como una Madre necesitada a la que deben ayudar sus hijos. No tienen una gran bolsa como el Estado o los ricos de este mundo, pero sí poseen una fuente inagotable de confianza en Dios y amor a sus semejantes. Son esos céntimos, esas pequeñas cantidades de euros, que suenan en las canastillas de nuestras colectas, la expresión de la donación de toda la propia vida, a imitación de Jesús, que no se reservó nada para sí. Los pobres en el espíritu son los que sostienen a la Iglesia, así como todos aquellos que se hacen pobres según el mensaje del Evangelio y que quieren tener «un tesoro en el cielo donde no entran los ladrones, ni la polilla roe» (Lc 12,33).

En estos tiempos turbulentos para la Iglesia, la simple búsqueda de nuevas fuentes de financiación no resolverá la cuestión de su sostenimiento ni acabará con los prejuicios laicistas sobre este tema, por muchas cuentas y balances que presentemos. Hay que robustecer la identidad católica, que cada día más requiere una mística que nos impulse a vivir el sermón de la Montaña (cf. Mt 5,1-12), conscientes de que toda conversión a Dios implica el desprendimiento y el desapego de los bienes, lo que llevará a redescubrir cómo Dios premia con creces nuestra generosidad con la gran Familia de los hijos de Dios (cf. 2Cor 9, 1-14).

JUAN DEL RÍO/OBISPO DE ASIDONIA-JEREZ

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